EDITAR LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL EN EL SIGLO XXI ¿Un dulce suplicio?

Enrique Pérez Díaz

… hay niños que leen bajo las sábanas, con la linterna en la mano, en contra del mundo entero. Hay una dimensión de transgresión en la lectura. Si hay tantos lectores que lean por la noche, si leer es con frecuencia un acto de oscuridad, no es solamente porque hay en ello un sentimiento de culpa: de esta manera se crea un espacio para la intimidad, un jardín protegido de las miradas. Se lee sobre los márgenes, las riberas de la vida, en los linderos del mundo. Tal vez no hay que desear que se haga la luz en ese jardín. Dejemos a la lectura, como el amor; conservar su parte de oscuridad.
Michèle Petit

 Marco Polo en sus viajes imperecederos hacia el Oriente lleno de misterios y aventuras. Cristóbal Colón descubriendo el Nuevo Mundo, un mundo tan antiguo como el otro pero hasta entonces desconocido para los hombres “civilizados”.

¿Qué leyeron en su infancia ambos, acaso las aventuras de Simbad el Marino? ¿A su vez, Simbad el Marino qué pudo haber leído si sus viajes le hubieran dejado tiempo para ello? ¿Tal vez la historia de una muchacha llamada Sheherezade que inventa historias para salvar su vida de una muerte segura? Sí, ¿pues para nosotros no resulta tan real y tan vivo el perseverante sobreviviente de los siete viajes como lo son el marino genovés o el mítico buscador de tesoros en las tierras del Gran Kan?

Verne imaginando horizontes desconocidos, mientras Salgari se enrolaba en la nave del Corsario Negro y Jack London huía hacia el Klondike.

Michael Ende escapando de su revulsiva realidad alemana de los años sesenta para esconderse en FANTASÍA junto a sus creaciones Atreyu y Bastian.

¿Qué papel jugó el acto de leer en las vidas de cada uno? ¿Qué papel ha jugado el leer en la existencia de aquellos seres que, como Momo en su lucha por devolver el tiempo a los seres humanos —firmes, obcecados, rebeldes, inconformes, subversivos, inadaptados, sedientos, desventurados, imagineros y soñadores— un buen día se proponen dominar, cambiar el mundo, al escribir o editar lo que creen será un buen libro?

Quizás Colón no solo conociera las aventuras de Polo y Simbad, sino que leyó (o escuchó de sus nanas) otros muchos cuentos o leyendas que despertaron su confianza en el acto de fe que significó —con una tropa de peligrosos carcelarios—, reivindicar económicamente a la Europa del siglo XV en base al “descubrimiento”, el dominio y conquista que trajo la

Miniatura Viajes de Marco Polo

destrucción de la rica cultura americana, también llena de héroes viajeros y personajes mitológicos, como el mítico serpiente emplumada, Quetzalcóatl para los aztecas, Kukuxklán para los mayas quichés.

El acto de leer viene pues, marcado desde siempre por una ruptura, una contradicción, una paradoja bien evidente, la que significa no aceptar nuestra realidad inmediata y en cambio adentrarnos, sumirnos, en otra distinta, aquella desconocida e intangible que se esconde tras las páginas de un libro.

El acto de leer, más que una praxis de de-construcción semántica, lingüística o dramatúrgica, es un acto de amor o de rabia, de rebeldía innata.

Aunque leyendo seamos libres, paradójicamente a la vez resultamos cautivos. Libres de nosotros mismos y nuestras penas o anhelos. Cautivos de otro (y otros muchos tantos, que no alcanzamos a adivinar siquiera) y que intervienen en el proceso creativo de ese hecho cultural y de comunicación llamado LIBRO. Somos libres en tanto elegimos esa senda alternativa de vidas paralelas; cautivos en la medida en que nos vamos adentrando en una historia otra para irnos lejos, tanto y más quieran aquellos que la inventaron o editaron.

En apariencia, nuestros más simples captores pueden ser una trama bien contada, un personaje atrayente y seductor, una acción que se concatena a otra… Pero, en realidad, detrás de cada libro —aunque diga muchas verdades— hay montón de engaño y artificio.

Existe un autor, existe un editor (visto genéricamente pues el editor engloba cantidad de profesionales que confluyen en ese suceso cultural-mercancía que es todo nuevo libro que asoma su rostro al mundo) quienes manipulan a su antojo el contenido de un libro.

El montón de engaño y artificio está dado por el innegable hecho de que un libro nos convence de algo que en realidad no existe (o al menos para nosotros no existía hasta ese momento mismo de abrir la página) y lo mejor o peor que esté contado, diseñado, ilustrado, empaquetado y hasta vendido generará que de veras sus posiblemente fieles lectores sucumban a esta magia y a este engaño. Esta aseveración no quiere significar, por supuesto, que cada editor se proponga engañar de facto a su posible lector, sino que los actos de editar y escribir parten siempre de un entarimado ficcional cuyo mejor fin es apartar a las personas de cualquier otra actividad y obligarlas a leer, esto es, a comprar lo que van a leer. Por eso, mientras más y mejor leamos, seremos más libres, y más cautivos a la vez. Aunque la otra paradoja es que, en ocasiones, la lectura consigue hablarnos más y mejor (y hacernos ver lo invisible a nuestros ojos) que la propia realidad cotidiana.

Entonces editar ha sido siempre un acto mágico y la magia está llena de ilusión, cierta mística, recursos secretos y cuasi ancestrales dispuestos de tal modo que convenzan al lector de su veracidad, o al menos verosimilitud, de lo que va a leer o adquirir para su lectura.

Desde siempre, autores y editores eternamente fueron víctimas y victimarios en una alianza recíproca llena de complicidades inconfesas: el acto de publicar.

Tiene el autor la capacidad de imaginar una realidad y con su oficio recrearla de modo que se haga creíble a alguien, en primera instancia, a su posible editor.

Tiene el editor la potestad de propiciar la envoltura más adecuada a esa historia (entiéndase asimismo poemario, pieza teatral, etc.) que luego deberá vender a otros muchos como un producto de primera.

En tal acto de complicidad no sólo hay afecto sino desavenencias, no sólo hay entrega desinteresada sino “pactos entre caballeros”, no sólo hay sacrificio —en ocasiones de ideas, modos, estéticas— sino incontables ganancias para ambas partes.

Independientemente del innegable papel que suele jugar el azar en la edición o distribución de cualquier libro, el editor posee la impronta adecuada para conseguir que determinada obra constituya un suceso o permanezca durmiendo de un tedio eterno en el estante de una ignota librería.

Por eso, desde siempre, editar ha sido una estrategia, una estrategia tan bien concebida en función de oferta y demanda y tan llena de tácticas y maniobras como la mejor de las guerras posibles.

La historia de la literatura universal muestra incontables ejemplos de las alianzas —más o menos fructíferas— entre autores y editores en cualquier género. También nos habla del modo en que avezados editores han conseguido al autor que necesitaban en base a ir moldeando las ideas, el oficio y hasta las actitudes de quienes trabajan para su catálogo. Este proceso de orientación ha dado excelentes frutos para ambas partes, pero sobre todo para el editor (que es quien en definitiva apuesta su dinero o el de su empresa) y gana a la postre en reconocimiento y dividendos. Un editor saca del anonimato al autor que integrará su nómina, pero ya entre ambos se establece un compromiso tácito estructurado en base a un diseño determinado, ya sea una colección, un plan de presentaciones, una política editorial.

Precisamente por eso, aunque muchos lectores piensen lo contrario (o siquiera piensen en ello), la historia que llevan a sus manos y devoran sus ojos significa un compendio de voluntades puestas en función de ese soporte comunicativo que es el libro. Si obviamente, reparamos en la cantidad de ojos que suele tener sobre sí la llamada literatura para niños y jóvenes (o infantil y juvenil), entonces se comprenderá que tal conjunto de voluntades participantes en la creación de cada volumen que sale al mercado es más férreo y evidente en este a veces llamado género menor que es la LIJ.

El toma y daca tácito que ha existido tradicionalmente entre autores y autores, editores y editores o entre los propios autores y los editores, evidencia todavía más los artilugios no confesos en que se mueve la praxis de escribir y editar. Todos los grandes de la antigüedad bebieron antes de otros para concebir sus historias y eso se mantiene hasta nuestros días. Charles Perrault y los hermanos Grimm tomaron de las ancianas contadoras de su tiempo, e incluso muchas de sus historias ya estaban tratadas por el italiano Jean Batiste Bassile. Andersen hizo otro tanto al recrear las sagas nórdicas escuchadas de los marinos de Copenhague o al inspirarse en relatos de Las mil y una noches árabes. Martí se alimentó para su breve, pero trascendente obra dedicada a la infancia, del propio Andersen, de Laboulaye, entre otros. Cuantos escribimos, de algún modo recreamos una realidad existente (al menos para nosotros) pero a la vez estamos acudiendo a un arsenal histórico que legaron nuestros antecesores, así nuestra voluntad más evidente sea la de renovar y subvertir.

Si bien miramos, la supuesta originalidad de un producto de masas como fue a fines del pasado siglo XX la aparición de los primeros tomos de las célebres aventuras del niño mago Harry Potter, no es más que un bien estructurado ajiaco de personajes más o menos reales, de mitologías, cosmogonías y seres muy antiguos dentro del folclore universal, arropados en un aire de modernidad que transita por la crítica al adulto, el juego de roles dentro de una pandilla y la eterna (y siempre enaltecedora o edificante) lucha del bien contra el mal. Eso, descontando la bien estructurada maniobra comercial que se instaura luego del éxito más o menos casual de los primeros dos tomos de la saga.

Pero no es nada desdeñable el fenómeno cuando de lectura se trata, como en la vieja fábula de la antigüedad, no vale la pena desdeñar las uvas (el misterio) que ha significado el innegable hecho de que esta obra, de la noche a la mañana, volviera lectores a miles de niños y adultos en el orbe.

Si bien Harry Potter vino a demostrar lo incierto de una traída y llevada crisis de lectura a escala universal, también evidenció —y quizás eso sea lo más trascendente de tal suceso de masas— como un libro para niños podía constituirse en acontecimiento social y planetario. Una inexperta e imberbe autora como la Rowling jamás pudo imaginar lo que su historia vendría a desencadenar en el mundo de las ediciones y de la lectura como praxis de miles de personas. Para ser parcos en el tema, únicamente hablemos de la vuelta a un tipo de literatura más fantasiosa ya abandonada desde décadas anteriores en muchos contextos y que, por su desmedida operación comercial, reivindicó a verdaderos clásicos como las sagas de Narnia o del Señor de los anillos, casi echadas al olvido desde mucho tiempo atrás.

Si editar ha sido siempre una especie de parto forzoso, arriesgado y traumático para quienes en él intervienen, creo que a la luz de las últimas décadas, se convierte, cada vez más, en un acto a veces suicida y en otras ocasiones en un verdadero suplicio. Precisamente porque editar es cada vez más una lucha de contrarios que pugnan por ocupar un lugar cimero entre los lectores, porque mantenerse en el primer lugar del mercado es el reto que hoy —sin otra consideración más culta o estudiada— se plantean montones de editores en cualquier latitud. ¿Qué le gusta leer a la gente y qué vamos a darle para que le guste leer más?

El editor serio, aquel que independientemente de concienciar la necesidad de vender su producto, cree en el poder transformador y renovador de la palabra, en el acto de fe que puede significar leerse un excelente libro y luego pensar diferente, en el papel subversivo que este hecho de transformación pueda significar, se las ve muy negras en un mundo editorial que tiende a la globalización y a la entronización de una media aplastante que solamente se rige por los vaivenes del mercado. Y si para el editor resulta a veces traumático escoger entre cuanto debe leer y a veces no elegir eso que más satisface a su ética personal (sino precisamente cuanto le pautan los comerciales de su editorial), imaginemos lo doblemente difícil y traumático que debe ser para un autor el ser editado bajo semejantes condiciones.

Se hace entonces más evidente el matrimonio (en oportunidades divorcio) entre ambas partes gestoras en la creación de ese valor cultural-comercial que es un libro. ¿Cómo consigue el autor situarse en el mercado sin traicionar su estética o su ideología? ¿Cómo logra el editor vender aquella literatura en la que más cree sin hacer que su empresa quiebre? ¿Qué recibe aquel lector (niño o adulto orientador de lectura) de cuanto se publica diariamente? ¿Cómo escoger lo más adecuado, trascendente, enriquecedor, en el inagotable fárrago de ediciones que pululan por todas partes? ¿Cuál, el destino de tanto libro que a diario se escribe y se publica y va a parar solo Dios sabe a dónde? ¿Se lee en verdad todo lo que se publica y se compra en cualquier parte? ¿Está la respuesta en aquellos clásicos de siempre, a los que autores, editores y lectores solemos regresar, una y otra vez, con el ansia inconfesada de encontrar en la aventura ancestral la savia que alimente nuestras vidas?

¡Quizás con un pase mágico de su lámpara maravillosa, al menos Aladino consiga brindarnos un poco de luz! Tal vez sólo entonces sepamos emplear adecuadamente esa magnífica alfombra voladora que puede ser todo buen libro que cada amanecer viene al mundo.

Cortesía de la Escritora Laura Antillano y la Letra Voladora

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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